

La realidad profesional Españoladel Método Coppolapara dejar de tartamudear
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Para superar la tartamudez es importante comprender la individualidad de cada uno, escuchar su historia y sus dificultades.
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Una tecnica que te permitirá hacer frente, a cualquier tipo de situacion hablando sin el miedo de los bloqueos!

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Este curso propone un enfoque distinto, distrayendo nuestro cerebro de la percepción de los bloqueos. Ahora llevo algo más de una semana utilizando la técnica y, cada día, la sigo mejorando y descubriendo nuevos aspectos en los que trabajar. Sé que aún me queda camino por recorrer para dejar de percibir bloqueos y cambiar mi forma de pensar como tartamudo. Sin embargo, termino el curso con “la receta” y con pasos muy claros a seguir para continuar mejorando. En mi opinión, el lenguaje es un proyecto de por vida y siempre se puede seguir puliendo y desarrollando.

Estoy muy contento con el progreso que he alcanzado hasta ahora. Aunque todavía no es perfecto y esporádicamente percibo algún bloqueo, la mejoría ha sido muy grande si lo comparo con el lenguaje y la autoconfianza que tenía antes de hacer el curso.

Y aquí estoy, mejorando cada vez más y más. Finalmente, quiero agradecerle a Savio Mascolo por todo lo que ha hecho por mí, por su paciencia al enseñarme y por todo lo que he aprendido gracias a él. También agradezco a mis padres, pero Savio se merece gran parte de este mérito. ¡Muchas gracias!

Todo cambió a partir de la tercera semana, cuando se introdujo un lenguaje más rápido y me di cuenta de que sí podía controlarlo. Poco a poco, entrenando solo y con mis compañeros, fui mejorando cada vez más.

Gracias a este curso ahora tengo el control de mi lenguaje y sé cómo no tartamudear, porque tengo el control de pensar mientras hablo, domino los 3 ejercicios y tengo el tiempo de habla perfecto para hablar en un lenguaje cómodo.

Hablyo ha sido un antes y un después en mi vida. Todo lo que diga aquí va a sonar a frase hecha, pero es una realidad muy sincera. Savio me ha ayudado a enfrentarme a un problema al que nunca me había enfrentado, me ha dado herramientas técnicas (claras y concisas) para dejar de tartamudear y comprobar que se puede, pero, sobre todo, ha iluminado mi mente derribando muchos mitos sobre la tartamudez y hablando sobre ella de manera muy directa; algo que ha favorecido a mi percepción personal sobre el asunto. ¡Gracias!

Si se me pidiera sintetizar el curso en una sola palabra, esta sería HONESTIDAD. No es nada frecuente encontrar una oferta tan limpia: de las cuatro semanas que dura, la primera es gratis para que uno decida libremente. La práctica continua y la internalización de ese nuevo lenguaje conforme a nuestras cualidades personales hará que progresivamente ganemos en control lingüistico y fluidez. Es más, con el paso del tiempo lo normal será que recurramos al método en menos situaciones, ya que habremos ganado en seguridad. Conocer a personas estupendas como Savio y a los demás compañeros del curso, además de sentirme por primera vez en mi vida arropado por un grupo de personas con las que podía hablar de tartamudez de forma cómoda, de tú a tú, además de todo eso…

Poco a poco fui adquiriendo soltura hablando con los ejercicios y cada vez dominaba más el lenguaje. Me di cuenta de que con ese lenguaje no íbamos a tartamudear. Cuando me di cuenta de que hablando de esa forma no percibía bloqueos y podía hablar con fluidez, me cambió la forma de ver la vida. Veía que realmente sí que había una forma de superar ese problema, por fin me creía que sí que se podía. Aprender este nuevo lenguaje es como aprender un nuevo idioma: tendrás que estudiar, practicar, hablar. Pues aprender este lenguaje es exactamente lo mismo.

Estoy contenta con mis logros. Empecé pidiendo mi cortado descafeinado de máquina, por fin bien pronunciado. Eso me motivó a seguir usando el método cuando voy a comprar o a pedir en una tienda. Cada logro que consigo me sube la autoestima y confío en el método y en los consejos de Savio. Aprovecho para agradecer a Savio su labor y su profesionalidad. Ha sido un placer hacer el curso con él.

El curso ha sido un descubrimiento total. Al principio era un poco escéptico porque creía que no había forma de dejar de ser tartamudo y que tendrías que vivir con ello para siempre. Según pasaban las clases y aprendías más, te dabas cuenta de que realmente se puede dejar de tartamudear. He aprendido técnicas que, con entrenamiento y confianza, pueden hacer que dejes de ser tartamudo y así ayudarte a cumplir todos tus sueños. Por primera vez me he sentido muy a gusto con ser como soy. Muchas gracias a Savio y mis compañeros por estas semanas en las que he podido abrirme y aprender de todos ellos. Os deseo lo mejor en la vida. ¡Abrazo enorme!

Para intentar mejorar mi comunicación y con el objetivo de ser profesor de universidad, decidí emprender este curso, ya que la confianza que me hizo ver Savio desde la primera clase me dio esperanza en mejorar mi comunicación y mi lenguaje. Y la verdad es que las primeras impresiones no fallaron, ya que con esta técnica he aprendido a pensar en otras cosas - LOS TRES EJERCICIOS - y de esta forma no percibir bloqueos. Creo firmemente que la tartamudez se puede corregir notablemente e incluso desaparecer con este método y los ejercicios que nos ha dado Savio, y ya durante estas semanas, con la ganancia de confianza, los bloqueos se han reducido notablemente. Muchas gracias a Savio por su profesionalidad y su forma de comunicar.

La primera semana del curso fue mejor que todas las clases de las últimas logopedias a las que había ido. Savio hizo que me sintiera identificada con él desde el primer momento y supe que podría ayudarme. Conocí a más gente con mi dificultad y pude hablar con ellos utilizando la técnica, por supuesto, y me sentí muy bien al saber que había muchas más personas en mi situación. Ahora pienso que, siendo constante en la práctica de los ejercicios correctamente día a día con mi familia, amigos o yo sola, podré llegar a sentirme libre a la hora de hablar.
Nosotros también hemos sentido miedo, dudas y frustración.
Lee nuestras historias para descubrir que sí hay solución.

En mi adolescencia nos mudamos a otra casa y tuve que cambiar de colegio, y ahí lo pasé bastante peor. Me volví una persona muy insegura, tuve varios momentos en los que tartamudeé mucho y cogí miedo a exponerme en público. Muchos días fingía estar enfermo para no ir a clase y no tener que exponerme a ese problema. En la universidad mi autoestima mejoró mucho, pero seguía teniendo miedo a exponerme delante de mucha gente. En círculos pequeños no tenía demasiados problemas. Cuando acabé mi época de estudiante sentí una gran liberación, pero sabía que sería momentánea y que en algún momento volvería a enfrentarme a mis miedos.

Mi padre también era tartamudo, pero nunca hablamos de ello. Hoy me da mucha pena no haberlo hecho. Creo que era un tema tabú: si no se hablaba, parecía que no existía. Hace dos años y medio me convertí en madre, y el miedo de que mi hija pasara por lo mismo me invadió. Desde que nació, comprendí lo que mi padre debió sentir en su momento. Seguramente, se sintió culpable de que yo heredara lo mismo que él. Falleció hace siete años y ojalá estuviera aquí para poder hablar con él del tema, para decirle: Papá, no es tu culpa, y si quieres, juntos podemos superarlo.

También recuerdo que mi primer contacto con un logopeda fue a esa edad. En la escuela teníamos una logopeda que solía sacarme de clase para hacer ejercicios del habla. Muchas veces eso me hacía sentir diferente, y otras tantas venía acompañado de burlas de mis compañeros, algo que continuó prácticamente hasta la edad adulta. Desde entonces, empecé a ver la tartamudez como algo muy negativo.

Mis recuerdos más vívidos se sitúan en la etapa del instituto. Para mí, hablar en clase o leer en voz alta era un suplicio: se me aceleraba el pulso, me enrojecía y me sudaban las manos. Alguna vez sufrí burlas de algún compañero. Me costaba mucho relacionarme con gente nueva y mi autoestima era baja. Nunca he ido a un logopeda, y en mi casa era un tema tabú.

Recuerdo el día de mi primera comunión. El sacerdote que nos comulgaba nos dio a cada uno un texto que teníamos que leer durante la celebración, delante de todos los invitados. Yo me lo sabía prácticamente de memoria de la cantidad de veces que lo había ensayado en casa. Llegó mi momento, me acerqué al altar, con mi traje de almirante blanco, tomé aire y el sacerdote me dijo: "Te he cambiado el texto, lee este." Mi nivel de nerviosismo en ese momento se disparó. Me bloqueé y tartamudeé delante de una iglesia llena “hasta la bandera.”

Recuerdo que cuando estaba en el colegio o en el instituto, por las noches pensaba en el día siguiente, en qué situaciones posiblemente me bloquearía y cómo podía intentar evitarlas. Algunas veces, cuando hacían preguntas en clase, aunque supiera la respuesta, no la decía porque sabía que esa palabra no me saldría. Por otra parte, cuando leíamos en voz alta por orden, según nuestro asiento, yo calculaba qué frase me tocaría a mí y, si comenzaba con alguna palabra que me resultaba difícil, intentaba hacer alguna artimaña para leer otra frase que me resultara más fácil. En mi actual etapa en la universidad, cuando he tenido que presentar alguna exposición o hablar con médicos o pacientes, lo he vivido con gran ansiedad, hasta el punto de intentar evitar al máximo dichas situaciones.
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