La tartamudez en la infancia suele comenzar como una disfluencia fisiológica, que aparece junto con el desarrollo del lenguaje. En muchos casos se resuelve de forma espontánea, aunque en otros puede evolucionar hacia la tartamudez alrededor de los seis años, cuando el niño toma mayor conciencia de sus repeticiones y las vive como dificultad comunicativa.
¿Qué es la tartamudez infantil?
La tartamudez infantil es una disfluencia fisiológica, un trastorno de la fluidez del habla que aparece cuando el ritmo del lenguaje se ve interrumpido por repeticiones de sonidos o sílabas, prolongaciones o bloqueos. Suele surgir en la primera infancia, en plena etapa de desarrollo del lenguaje, y se presenta como una disfluencia fisiológica propia del crecimiento.
No todos los niños que atraviesan estas disfluencias desarrollan tartamudez persistente. En muchos casos, estas dificultades desaparecen de forma espontánea. Sin embargo, en otros, alrededor de los seis años, cuando el niño comienza a tomar mayor conciencia de su forma de hablar, las disfluencias pueden consolidarse y vivirse como una dificultad.
Desde mi experiencia personal como ex tartamudo, sé lo que significa empezar a notar esas repeticiones y cómo, poco a poco, la mirada del entorno y la propia conciencia van moldeando la relación con la palabra.
Como me ocurrió a mí, estas vivencias pueden intensificarse entre los 6 y los 12 años, con la escolarización, una etapa en la que el niño empieza a construir recuerdos emocionales ligados a su forma de comunicarse, lo que puede influir profundamente en su confianza y en su desarrollo del habla.
La transición de la disfluencia fisiológica a la tartamudez
Entre los tres y los seis años, aunque ya hay repeticiones de sílabas o de palabras al comienzo de una oración, nos encontramos todavía frente a una disfluencia fisiológica. De hecho, en la etapa preescolar todavía no hay conciencia del problema porque los niños se valen de estas repeticiones (bloqueos) para pensar en cómo continuar la oración, por lo que no se dan cuenta de la anomalía rítmica. Sin embargo, llegados a un cierto punto, son los demás quienes advierten el problema. El niño, de hecho, se da cuenta de dicho problema porque percibe la mirada avergonzada de los demás.
Esta es la chispa que da inicio al círculo vicioso en el que, el miedo de que haya un problema amplifica todavía más el problema en sí. Los bloqueos empiezan a surgir cada vez que el nivel de vergüenza (nivel de ansiedad) supera el umbral de tolerancia. Es de este modo que los niños pasan de una inconsciente disfluencia fisiológica a tener conciencia plena del problema que acabará convirtiéndose en tartamudez.
Sin embargo, cuanto más se alarga en el tiempo, más inhabilitante resulta la tartamudez para el niño que se va haciendo mayor. Es por ello que una pronta intervención ofrece a los niños la posibilidad de aprender de inmediato los mecanismos necesarios para superar cualquier tipo de bloqueo y les demuestra que la tartamudez es un problema que se puede resolver.
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